miércoles, 30 de septiembre de 2020

EVALUACION FORMATIVA

 Realiza el análisis del siguiente anuncio publicitario




Realiza el análisis utilizando el siguiente esquema





1.- DESCRIBE LA PARTE ICÓNICA

1.1.- Objeto/ figuras

1.2.- Fondo

1.3.- ¿Hay alguna connotación importante?


2.- DESCRIBE LA PARTE LINGÜÍSTICA

1.- Mensaje

2.- Tono

3.- Tema

4.- ¿Hay alguna connotación importante?

5.- ¿Hay algun tema?


3.- DESCRIBE RECURSOS UTILIZADOS

1.- Figuras Literarias

2.- Plano

3.- Angulo

4.- Colores

5.- Composición: (Es dinámica, estatica, serena, equilibrada, etc) 

6.- ¿Con qué propósito se utilizan estos recursos?


4.- DESCRIBE EL CONTEXTO

4.1.- Contexto de Producción

4.2.- Contexto de la audiencia

RESPONDE ESTA PREGUNTA DE ORIENTACION

  1. ¿Qué importancia tiene el contexto cultural o histórico para la producción y la recepción de un texto?

Utiliza como material de referencia las presentaciones:


1.- Recursos Literarios en la publicidad


2.- La publicidad


martes, 29 de septiembre de 2020

Casa de muñecas/ versión para televisión

 Casa de muñecas es una obra de teatro escrita por Herik Ibsen estrenada en 1879.  Es una de las obras que desde su estreno se mantiene en cartelera por diversos grupos teatrales del mundo.  También hay versiones para cine y televisión, como esta de la televisión de España.


https://www.youtube.com/watch?v=y-BzT5QCoSc



domingo, 27 de septiembre de 2020

CASA DE MUNECAS

 LECTURA DE LA OBRA "Casa de Muñecas"



ACTO PRIMERO

Sala decentemente amueblada pero sin lujo. Al fondo, dos puertas que conducen, la de la derecha al recibidor, y la de la izquierda, al despacho de HELMER. A la izquierda, en primer término, una ventana, y en segundo término, una puerta. A la derecha, en primer término, una chimenea, y en segundo término, una puerta. Entre las dos puertas del fondo, un piano. A la izquierda, cerca de la ventana, una mesa, un sillón y un pequeño diván. A la derecha, entre la chimenea y la puerta, una mesa pequeña y, a ambos lados de la chimenea, varias butacas. Un mueble con vajilla, un armario lleno de libros lujosamente encuadernados, grabados y algunos objetos de arte convenientemente distribuidos, completan el decorado de la escena, que debe estar alfombrada. Es un día frío de invierno y en la chimenea arde un buen fuego.

ESCENA I

Al levantarse el telón, suena un campanillazo en el recibidor. ELENA, que se encuentra sola, poniendo en orden los muebles se apresura a abrir la puerta derecha, por donde entra NORA, en traje de calle y con varios paquetes, seguida de un MOZO con un árbol de Navidad y una cesta. NORA tararea mientras coloca los paquetes sobre la mesa de la derecha. El MOZO entrega a ELENA el árbol de Navidad y la cesta.

NORA: Esconde bien el árbol de Navidad, Elena. Los niños no deben verlo hasta la noche, cuando esté arreglado. (Al mozo, sacando el portamonedas). ¿Cuánto le debo?

EL MOZO: Cincuenta céntimos.

NORA: Tome una corona. Lo que sobra, para usted. (El mozo saluda y se va. Nora cierra la puerta. Continúa sonriendo alegremente mientras se despoja del sombrero y del abrigo. Después saca del bolsillo un cucurucho de almendras y come dos o tres, se acerca de puntillas a la puerta izquierda del fondo y escucha). ¡Ah! Está en el despacho. (Vuelve a tatarear, y se dirige a la mesa de la derecha).

HELMER (Dentro): ¿Es mi alondra la que gorjea? NORA (Abriendo paquetes): Sí.
HELMER: ¿Es mi ardilla la que alborota?

NORA: ¡Sí!

HELMER: ¿Hace mucho tiempo que ha venido la ardilla?

NORA: Acabo de llegar. (Guarda el cucurucho de confites en el bolsillo y se limpia la boca). Ven aquí, Torvaldo; mira las compras que he hecho.

HELMER: No me interrumpas. (Poco después abre la puerta, y aparece con la pluma en la mano, mirando en distintas direcciones). ¿Comprado dices? ¿Todo eso? ¿Otra vez ha encontrado la niñita modo de gastar dinero?

NORA: ¡Pero, Torvaldo! Este a o podemos hacer algunos gastos más. Es la primera Navidad en que no nos vemos obligados a andar con escaseces.

HELMER. Sí... pero tampoco podemos derrochar...

NORA: Un poco, Torvaldo, un poquitín, ¿no? Ahora que vas a cobrar un sueldo crecido, y que ganarás mucho, mucho dinero...

HELMER: Sí, a partir de Año Nuevo; pero pasará un trimestre antes de percibir nada...

NORA: ¿Y eso qué importa? Mientras tanto se pide prestado.

HELMER: ¡Nora! (Se acerca a Nora, a quien en broma toma de una oreja. ¡Siempre esa ligereza! Supón que pido prestadas hoy mil coronas, que tú las gastas durante las fiestas de Navidad, que la víspera de año me cae una teja en la cabeza, y que...

NORA (Poniéndole la mano en la boca): Cállate, y no digas esas cosas.

HELMER: Pero figúrate que ocurriese. ¿Y entonces?

NORA: Si sucediera tal cosa... me daría lo mismo tener deudas que no tenerlas.

HELMER: ¿Y las personas que me hubieran prestado el dinero? NORA: ¿Quién piensa en ellas? Son personas extrañas.

HELMER: Nora, Nora, eres una verdadera mujer. En serio, mujer, ya sabes mis ideas respecto de este punto. Nada de deudas; nada de préstamos. En la casa que depende de deudas y préstamos se introduce una especie de esclavitud, cierta cosa de mal cariz que previene. Hasta ahora nos hemos hecho firmes, y seguiremos haciendo otro tanto durante el tiempo de prueba que nos queda.

NORA (Acercándose a la chimenea): Bien, como tú quieras, Torvaldo.

HELMER (Siguiéndola): Vamos, vamos, la alondra no debe andar alicaída. ¿Qué? ¿Ahora salimos con que la ardilla tuerce el gesto? (Abre su portamonedas). Nora, adivina qué tengo aquí.

NORA (Volviéndose con rapidez): Dinero.

HELMER: Mira. (Entregándole algunos billetes). ¡Dios mío! Hay muchos gastos en una casa cuando se acerca Navidad.

NORA (Contando): Diez, veinte, treinta, cuarenta; ¡gracias, Torvaldo! Con esto ya tengo para ir tirando.

HELMER: No habrá más remedio.

NORA: Se hará así, descuida. Pero ven aquí. Voy a enseñarte todo lo que he comprado, y ¡tan barato! Mira: un traje nuevo para Iván y, un sable; un caballo con una trompeta para Bob, y una muñeca con una cama para Emmy. Claro que es muy sencillo, porque en seguida se rompe. Y aquí, delantales y telas para las, muchachas. La buena Mariana merecía mucho más que esto, pero...

HELMER: Y en ese paquete, ¿qué hay?

NORA (Profiriendo un ligero grito): No, Torvaldo, eso no lo verás hasta la noche.

HELMER: Bien, bien. Pero dime, manirrotita, ¿qué te gustaría a ti?

NORA: ¡Bah! ¿Me preocupo acaso de mí?

HELMER: Lo creeré, si te empeñas. Vamos, dime algo que te tiente, una cosa razonable.

NORA: Realmente... no sé. Y eso que... oye, Torvaldo...

HELMER: Veamos.
NORA (Jugueteando con los botones de la americana de Helmer, pero sin

mirarlo): Si estas decidido a regalarme algo, podrías... podrías... HELMER: Vamos, acaba.

NORA (De un tirón): Podrías darme dinero, Torvaldo. ¡Oh!, poca cosa, aquello de que puedas disponer, con eso me compraría algo.

HELMER: Pero, Nora...

NORA: ¡Vaya que sí! Lo vas a hacer, Torvaldito. Te lo ruego. Colgaré el dinero del árbol envuelto en un papel dorado muy bonito. ¿No hará buen efecto?

HELMER: ¿Cómo se llama el pájaro que está despilfarrando siempre?

NORA: Sí, sí, el estornino, ya lo sé. Pero haz lo que te digo, Torvaldo; así tendré tiempo para pensar en algo útil. ¿No es lo más razonable, di?

HELMER (Sonriendo): Si supieras emplear el dinero que te doy y comprar efectivamente alguna cosa, sí, pero desaparece en la casa, se evapora en mil pequeñeces, y luego tengo que volver a aflojar la bolsa.

NORA: ¡Qué cosas tienes, Torvaldo!

HELMER: Es la pura verdad, Norita mía. (Le rodea la cintura con un brazo). El estornino es muy precioso, pero necesita tanto dinero... ¡Es increíble lo que le cuesta a un hombre poseer un estornino!

NORA: ¡Anda! ¿Cómo te atreves a decir eso? Yo ahorro cuanto puedo.

HELMER: ¡Oh!, eso es indudable. Todo lo que puedes, sólo que no puedes nada.

NORA (Tarareando y sonriendo alegremente): ¡Si supieras tú cuántos gastos tenemos las alondras y ardillas!

HELMER: Eres una criatura original. Lo mismo que tu padre, quien lleno de celo y voluntad se afanaba para ganar dinero, y a ti, como a él, tan pronto como lo tienes, se te escurre de las manos y no sabes nunca a dónde va a parar. En fin, hay que tomarte como eres. Sí, sí, Nora, esas cosas son hereditarias, indudablemente.

NORA: Bien quisiera haber heredado muchas cualidades de papá.

HELMER: Yo te quiero como eres, querida alondra. (Pausa). Pero oye; te encuentro hoy no sé cómo... Tienes una cara así... un poco sospechosa.

NORA: ¿Yo?

HELMER: Sí, tú. Mírame bien a los ojos. (Nora mira a Helmer). ¿Habrá hecho esta locuela alguna escapatoria a la ciudad?

NORA: No. ¿Por qué dices eso?

HELMER: ¿De veras no has metido la nariz de golosa en la confitería?

NORA: No, te lo aseguro, Torvaldo. HELMER: ¿No has olido siquiera los dulces?

NORA: Ni pensarlo.

HELMER: ¿No has probado dos o tres almendras?

NORA: ¡Que no! Torvaldo, te digo que no.

HELMER: Bien, mujer, bien; te lo digo en broma.

NORA (Acercándose a la mesa de la derecha): Ni en sueños podría ocurrírseme hacer nada que te desagrade. Puedes estar bien seguro.

HELMER: No, si lo sé. ¿No me lo has prometido?... (Aproximándose a Nora). Vamos, guárdate tus misterios de Navidad, que nosotros ya los sabremos esta noche, cuando se descubra el árbol.

NORA: ¿Has pensado en invitar a comer al doctor Rank?

HELMER: No, ni hace falta, puesto que ya lo sabe. Sin embargo, lo invitaré cuando venga. He encargado buen vino, Nora; no puedes tú figurarte la alegría y los deseos que tengo de que llegue la noche.

NORA: Lo mismo que me pasa a mí. ¡Y qué alegría la que van a tener los niños, Torvaldo!

HELMER: ¡Ah! Es una delicia pensar que se ha llegado a una situación estable, asegurada, y se dispone con holgura de cuanto se necesita. ¿No es una dicha inmensa pensarlo?

NORA: ¡Oh! Es maravilloso. Parece un sueño.

HELMER: ¿Te acuerdas de la última Navidad? Tres semanas antes, te encerrabas todas las noches hasta más allá de las doce, a hacer flores para el árbol de Navidad y a prepararnos otras mil sorpresas... ¡Uf! Es la época más aburrida de que me acuerdo.

NORA: Pues yo no me aburría.

HELMER (Sonriendo): Sin embargo, el resultado fue bastante deplorable, Nora.

NORA: ¡Bueno! ¿Todavía vas a hacerme rabiar con eso? ¿Tengo yo la culpa de que entrara el gato y lo hiciese trizas todo?

HELMER: ¡Claro que no, Norita! ¿Cómo habías tú de tener la culpa? Tú tenías los mejores deseos de que nos divirtiéramos todos, y eso es lo importante. Pero bueno es que hayan pasado aquellos malos tiempos.

NORA: Es verdad; todavía no estoy bien convencida; ¡parece un sueño!

HELMER: Ahora ya no me aburriré encerrado a solas, ni tú tendrás que atormentar tus hermosos ojos y tus lindas manitas.

NORA (Batiendo palmas): No, ¿verdad que no, Torvaldo? ¡Qué gusto, Dios mío! (Toma del brazo a Helmer). Ahora voy a decirte cómo he pensado que nos arreglemos, después que pasen las Navidades... (Se oye llamar). Llaman. (Ordena la habitación). Vendrá alguien. ¡Qué fastidio!

HELMER (Disponiéndose para entrar al despacho): Si es una visita, acuérdate de que no estoy para nadie.


ESCENA II.

ELENA (Desde la puerta de entrada): Señora, una dama desea verla. 

NORA: Que pase.


ELENA (A Helmer): También ha venido el doctor.


HELMER: ¿Ha pasado a mí despacho?

ELENA: Sí, señor. (Helmer entra al despacho. La criada hace pasar a Cristina y después cierra la puerta).

ESCENA III.

CRISTINA (En traje de viaje. Tímidamente, con alguna perplejidad): ¡Buenos días, Nora!

NORA (Indecisa): Buenos días...

CRISTINA: ¿No me conoces?

NORA: Efectivamente... no sé... ¡Ah! Sí, me parece... (Lanzando una exclamación). ¡Cristina! ¿Eres tú?

CRISTINA: Sí, la misma.

NORA: ¡Cristina! ¡Y no te conocía! ¿Quién había de...? (Más bajo). ¡Has cambiado tanto!

CRISTINA: Es verdad. Como ya hace nueve... diez años cumplidos...

NORA: ¿De veras hace tanto tiempo que no nos vemos? Sí... sí, eso es. ¡Oh! Estos ocho años últimos ¡qué época tan feliz! ¡Si supieses!... ¿Conque te tenemos aquí? ¿Has hecho un viaje tan largo en pleno invierno? Se necesita tener valor.

CRISTINA: Pues ya lo ves; he llegado en vapor esta mañana.

NORA: Para pasar las Pascuas, naturalmente. ¡Qué alegría! ¡Bien nos vamos a divertir! Pero quítate el abrigo. No tendrás frío, ¿eh? (Ayuda a Cristina a quitarse el abrigo). ¡Aja! Ahora nos sentaremos junto a la chimenea cómodamente. Pero, no, siéntate en ese sillón; yo, en la mecedora; es mi sitio. (Le estrecha las manos.). Pues sí, ahora ya veo tu simpática cara... pero, al pronto... sabes... Sin embargo, estás un poco más pálida, Cristina... y... algo más delgada también.

CRISTINA: He envejecido mucho, mucho.

NORA: Sí, un poquitín, un poquitín quizá... pero no mucho. (Se detiene de repente, y añade en tono serio). ¡Oh! ¡Qué loca soy! Estoy aquí cotorreando mientras que... Mi querida y buena Cristina, ¿me perdonas?

CRISTINA: ¿Qué quieres decir, Nora?

NORA (Con dulzura): ¡Pobre Cristina! Te has quedado viuda. 

CRISTINA: Sí, hace tres años.

NORA: Lo sabía; lo leí en los periódicos. ¡Oh! Puedes creerme, Cristina, pensé muchas veces escribirte entonces... pero lo iba dejando de un día para otro, y luego siempre había algún impedimento.

CRISTINA: Eso no me sorprende.

NORA: Pues está muy mal hecho. ¡Pobre amiga! ¡Por qué trances has debido pasar! ¿No te ha quedado con qué vivir?

CRISTINA: No. 

NORA: ¿E hijos?

CRISTINA: Tampoco. NORA: ¿Nada, entonces?

CRISTINA: Nada; ni siquiera duelo en el corazón, ni una de esas penas que absorben.

NORA (Con mirada de incredulidad): A ver, a ver, Cristina, ¿cómo puede ser eso?

CRISTINA (Sonriendo amargamente y alisándose el cabello con una mano): Eso ocurre con frecuencia, Nora.

NORA: Sola en el mundo. ¡Qué pena debe ser para ti! Yo tengo tres chicos hermosos. Ahora no puedes verlos, porque han salido con la niñera. Vamos, cuéntamelo todo.

CRISTINA: Después. Primero, tú.

NORA: No, a ti te toca hablar. Hoy no quiero ser egoísta... no quiero pensar más que en ti. Sólo una cosa deseo decirte enseguida. ¿Sabes la felicidad que hemos tenido en estos días?

CRISTINA: No, ¿qué es?

NORA: Calcula que han nombrado a mi marido director del Banco. 

CRISTINA: ¿A tu marido? ¡Oh! ¡Qué suerte!

NORA: ¿Verdad? ¡Es una situación tan precaria la de un abogado, sobre todo cuando no quiere encargarse más que de causas buenas! Y eso era, naturalmente, lo que hacía Torvaldo, y con lo que estoy absolutamente de acuerdo. ¡Figúrate si estaremos contentos! Empezará a desempeñar el cargo en Año Nuevo, y entonces tendrá un buen sueldito con multitud de utilidades, lo que nos permitirá vivir de otra manera que hasta aquí... Completamente a nuestro gusto. ¡Oh, Cristina! ¡Qué dicha y qué placer! Cree que es una delicia tener mucho dinero y estar libre de preocupaciones. ¿No te parece?

CRISTINA: Indudablemente. Por lo menos, debe ser una cosa excelente tener lo necesario.

NORA: No, lo necesario nada más no, sino mucho, muchísimo dinero.

CRISTINA (Sonriendo): Nora, Nora, ¿todavía no has aprendido a ser juiciosa a estas fechas? En el colegio eras una derrochadora.

NORA (Sonriendo dulcemente): Torvaldo supone que lo soy todavía. Pero (amenazando con el dedo) ¡Nora, Nora! No es tan loca como creéis. ¡Ah! La verdad es que hasta aquí no he tenido mucho que derrochar. Hemos necesitado trabajar los dos.

CRISTINA: ¿Tú también?

NORA: Sí, menudencias: labores de mano, de gancho, bordados, etc. (Cambiando de tono). Y además, otra cosa. Sabes que Torvaldo dejó el ministerio cuando nos casamos, porque no tenía posibilidad de ascender y necesitaba ganar más dinero que antes. El primer año tuvo un trabajo terrible. Figúrate: tenía que trabajar desde la mañana hasta la noche. Como abusó de sus fuerzas, cayó gravemente enfermo, y los médicos le prescribieron que se marchara al Sur.

CRISTINA: Cierto, pasaron un año en Italia.

NORA: Sí. Como comprendes, no era muy fácil ponerse en camino... Acababa de nacer Iván; pero no hubo más remedio. ¡Oh! ¡El viaje fue una maravilla, la cosa más hermosa! ¡Y salvó la vida a Torvaldo! ¡Pero el dinero que nos costó, Cristina!

CRISTINA: Ya lo supongo.

NORA: Mil doscientos escudos... cuatro mil ochocientas coronas. ¡Es algún dinero, eh!

CRISTINA: Sí, y no es poca suerte tenerlo cuando hace falta.

NORA: Nos lo dio papá.

CRISTINA: ¡Ah, ya! Y, si mal no recuerdo, fue precisamente poco antes de morir.

NORA: Sí, Cristina, precisamente entonces, y, como comprenderás, no pude ir a acompañarlo. Esperaba de un día para otro el nacimiento de Iván, ¡y el pobre Torvaldo moribundo, y necesitando que lo cuidase! ¡Mi buen papá! No volví a verlo. ¡Oh! ¡Es la pena más cruel que he tenido que sufrir desde mi matrimonio!

CRISTINA: Ya sé que lo querías mucho. ¿De modo que después se fueron a Italia?

NORA: Sí, teníamos el dinero, y los médicos lo recomendaban tanto... Marchamos al cabo de un mes.

CRISTINA: ¿Y tu marido volvió completamente repuesto? 

NORA: Sí; fue un milagro.

CRISTINA: ¿Y... ese médico?

NORA: ¿Qué quieres decir?

CRISTINA: Recuerdo que la criada anunció al doctor, dejando pasar a un caballero al mismo tiempo que a mí.

NORA: En efecto, aquél era el doctor Rank. No viene como médico, sino como amigo, y nos visita una vez al día por lo menos. No, Torvaldo no ha tenido la más ligera indisposición desde entonces. Los niños también se encuentran sanos y frescos, y yo lo mismo. (Se levanta de un salto y palmotea). ¡Dios mío, Dios mío, Cristina, qué delicia y qué bendición vivir y estar contentos! ... ¡Ah!, pero es una vergüenza... no hablo más que de mí. (Se sienta en un taburete al lado de Cristina, en cuyas rodillas se recuesta). ¿No lo tomarás a mal? Dime: ¿de veras no amabas a tu marido? Entonces, ¿por qué te casaste con él?

CRISTINA: Mi madre estaba enferma, me encontraba sin apoyo, y además tenía que cuidar a mis hermanitos. No me creí con derecho a rehusar el matrimonio.

NORA: Sí, sí, actuaste perfectamente. ¿De modo que era rico cuando se casó?

CRISTINA: Por lo menos vivía muy desahogado; pero su fortuna era poco sólida, y a su muerte, se fue todo al diablo, sin quedar nada.

NORA: ¿Y entonces?

CRISTINA: Me vi obligada a buscar una ocupación. Regenté un modesto colegio... ¡qué sé yo! Los tres últimos años no han sido para mí más que un largo día de trabajo sin reposo. Ahora todo ha concluido, Nora. Mi pobre madre no me necesita ya; la he perdido: mis hermanos, tampoco, porque ya pueden subvenir a sus necesidades por sí mismos.

NORA: ¡Qué alivio debes sentir!

CRISTINA: No, Nora, hago una vida insoportable. ¡No tener nadie a quién consagrarse! (Se levanta inquieta). Así es que no he podido permanecer allá, en aquel rincón escondido. Aquí debe ser más fácil absorberse en una ocupación, distraerse de los pensamientos... Si fuese siquiera lo bastante afortunada para encontrar una colocación, trabajo de oficina...

NORA: ¿Piensas en eso? ¡Un trabajo tan fatigoso, y tú que necesitas descanso! Más te valdría ir a algún balneario.

CRISTINA (Acercándose a la ventana): Yo no tengo un papá que me pague
el viaje.

NORA (Levantándose.): ¡Vamos! No te enojes conmigo.

CRISTINA: Tú eres la que no ha de enfadarse conmigo, querida Nora. Lo peor que tiene una situación como la mía es que agria tanto el carácter... No se tiene a nadie por quien trabajar y, a pesar de todo, hay que ganarse la subsistencia: ¿no es preciso vivir? Esto la hace a una egoísta. ¿Qué quieres que te diga? Cuando me contaste hace un momento el cambio de fortuna, me he alegrado por mí más que por ti.

NORA: Pues ¿cómo?... ¡Ah!, bueno... ya comprendo. Te habrás dicho que Torvaldo puede serte útil.

CRISTINA: Sí, lo he pensado.

NORA: Pues lo será, Cristina. Yo prepararé el terreno con mucha delicadeza, idearé alguna cosa grata que predisponga bien a Torvaldo. ¡Oh!, ¡tengo tantas ganas de ayudarte!

CRISTINA: ¡Cuánto te agradezco esa solicitud, Nora!... Más meritoria en ti que no conoces las miserias y los sinsabores de la vida.

NORA: ¿Yo?... ¿Crees eso?

CRISTINA (Sonriendo): ¡Por Dios! Laborcitas de mano y monerías por el estilo... Eres una niña, Nora.

NORA (Moviendo la cabeza y atravesando la escena): No hables con esa ligereza.

CRISTINA: ¿Cómo?

NORA: Eres como los demás. Todos creen que no valgo para nada serio... CRISTINA: Vamos, vamos...
NORA: Que no conozco las dificultades de la vida.
CRISTINA: Pero, querida Nora, acabas de contarme tus dificultades...

NORA: ¡Bah! ... ¡Esas bagatelas! ... (En voz baja). No te he contado lo principal.

CRISTINA: ¿Qué dices?

NORA: Me miras desde la cumbre de tu grandeza, Cristina, y no deberías hacerlo. Tú estás orgullosa de haber trabajado tanto por tu madre.

CRISTINA: No miro a nadie desde la cumbre de mi grandeza, aunque es verdad que me satisface, y me enorgullece, haber contribuido a que mi madre pasara tranquilamente los últimos días de su vida.

NORA: Y te enorgullece también pensar lo que has hecho por tus hermanos.

CRISTINA: Tengo derecho.

NORA: Así lo creo; pero voy a decirte una cosa, Cristina. Yo también tengo un motivo de alegría y de orgullo.

CRISTINA: No lo pongo en duda. Explícate.

NORA: Habla más bajo, no sea que Torvaldo nos oiga. Por nada del mundo querría que él... No debe saberlo nadie, Cristina; nadie más que tú.

CRISTINA: Nadie lo sabrá por mí.

NORA: Acércate más. (Atrayéndola a su lado). Sí... Escucha... yo también puedo estar orgullosa y satisfecha. Yo fui quien salvé la vida de Torvaldo.

CRISTINA: ¿Salvar?... ¿Cómo salvar?

NORA: ¿Te he hablado del viaje a Italia, no es verdad? Torvaldo no viviría a estas horas si no hubiera podido ir al Sur...

CRISTINA: Bien, pero tu padre les dio el dinero necesario.
NORA (Sonriendo): Sí, eso es lo que cree Torvaldo y todo el mundo, pero... CRISTINA: ¿Pero?

NORA: Papá no nos dio un céntimo. Yo fui la que conseguí el dinero. 

CRISTINA: ¿Tú? ¿Una cantidad tan importante?...

NORA: Mil doscientos escudos. Cuatro mil ochocientas coronas. 

CRISTINA: ¿Cómo te las arreglaste?... ¿Ganaste en la lotería?

NORA (Desdeñosamente): ¿La lotería? (Con un ademán de desdén). ¿Qué mérito tendría eso?

CRISTINA: Entonces, ¿de dónde lo sacaste?

NORA (Sonriendo con aire de misterio y tarareando): ¡Ejem! ¡Ta-ra-ra-la!

CRISTINA: Prestado no era fácil que lo tuvieras nunca.

NORA: ¿Por qué no?

CRISTINA: Porque una mujer casada no puede tomar dinero a préstamo sin el consentimiento de su marido.

NORA (Moviendo la cabeza): ¡Oh! Cuando se trata de una mujer algo práctica... de una mujer que sabe manejarse con destreza...

CRISTINA: Nora, por más que me devano los sesos, no se me ocurre cómo...

NORA: No es necesario que te tomes esa molestia. Nadie dice que me prestaran el dinero; pero pude adquirirlo de otro modo. (Se deja caer en el sofá). He podido recibirlo de un admirador... ¿Qué?... Cuando se es pasablemente bonita. . .

CRISTINA: ¡Qué loca eres!
NORA: Confiesa que tienes una curiosidad terrible.
CRISTINA: Dime, querida Nora, ¿no habrás obrado a la ligera? 

NORA (Irguiéndose): ¿Es una ligereza salvar la vida al marido?

CRISTINA: Lo que me parece una ligereza es que a sus espaldas...

NORA: La cuestión era que no supiera nada. ¡Por Dios! ¿No comprendes? Se trataba de que no conociera la gravedad de su estado. A mí es a quien dijeron los médicos que estaba en peligro, y que no podía salvarse más que pasando una temporada en Italia. ¿Crees que podía ser muy escrupulosa? Le contaba lo que me gustaría ir a viajar por el extranjero como las demás mujeres; lloraba, suplicaba y le decía que era preciso que se hiciera cargo de mi estado y que cediera a mi deseo; en fin, le insinué que podría tomar dinero a crédito. Entonces, Cristina, le faltó muy poco para irritarse, y me contestó que era una loca, y que su deber de marido era no someterse a mis caprichos. “Bueno, bueno”, dije para mí, “se salvará, cueste lo que cueste”. Entonces fue cuando se me ocurrió el medio de obtener dinero.

CRISTINA: ¿Y a tu marido no le dijo tu padre que el dinero no procedía de él?

NORA: Jamás. Papá murió a los pocos días. Yo había pensado confesárselo todo y rogarle que no me traicionara; pero ¡estaba tan enfermo! ¡Ay! No tuve que dar ese paso.

CRISTINA: ¿Y después no has revelado nada a tu marido?

NORA: ¡No, santo Dios! ¡Qué desatino! ¡A él, tan severo respecto de ese punto! Y luego que, con su amor propio de hombre, se le haría muy cuesta arriba. ¡Qué humillación ¡Saber que me debía algo! Eso hubiera transformado todas nuestras relaciones; nuestra vida doméstica, tan venturosa, no sería ya lo que es.

CRISTINA: ¿Y no le hablarás de eso nunca?

NORA (Reflexionando y sonriendo a medias): Quizá. . . con el tiempo; después que pasen muchos, muchos años, cuando ya no sea yo tan bonita como ahora. ¡No te rías! Quiero decir: cuando Torvaldo no me ame ya tanto, cuando ya no disfrute viéndome bailar, disfrazarme y declamar. Bueno será quizá tener entonces algo a que asirse... (Deteniéndose). ¡Bah! Ese día no llegará nunca... Conque, Cristina, ¿qué té parece mi gran secreto? También yo sirvo para algo... Puedes creer que este asunto me ha preocupado mucho. ¡Caramba! No era fácil cumplir a plazo fijo, porque has de saber que en estos negocios hay una cosa llamada los vencimientos y otra la amortización; y todo es endiabladamente difícil de arreglar. He tenido que ahorrar en todo. De los gastos de la casa no podía economizar mucho, pues Torvaldo tenía que vivir cómodamente. Los niños tampoco podían andar mal vestidos y todo lo que recibía para ellos, en ellos debía gastarse. ¡Angelitos míos!

CRISTINA: ¡De manera que todo lo has tenido que sacar de tus gastos personales!

NORA: Naturalmente. Al fin y al cabo, no era más que justicia. Siempre que Torvaldo me daba dinero para mis gastos, sólo invertía la mitad; compraba siempre de lo barato. Es una suerte que todo me quede bien, porque así Torvaldo no ha advertido nada. Pero a veces me es duro, Cristina: ¡halaga tanto ir elegante! ¿No es verdad?

CRISTINA: ¡Ya lo creo!

NORA: Cuento aún con otros ingresos. El invierno último tuve la suerte de encontrar trabajo: escritos para copiar. Entonces me encerraba y escribía hasta hora muy avanzada de la noche. ¡Oh! Me fatigaba muchísimo; pero era un gusto trabajar para ganar dinero. Casi me parecía que era hombre.

CRISTINA: ¿Cuánto has podido ganar de ese modo?

NORA: No lo sé exactamente. Es muy difícil desenredarse en esta clase de asuntos. Lo único que puedo decirte es que he pagado cuanto me ha sido posible. Muchas veces no sabía ya a dónde volver los ojos. (Sonríe). Y entonces se me ocurría pensar que un viejo muy rico se había enamorado de mí...

CRISTINA: ¡Qué! ¿Qué viejo?

NORA: ¡Tonterías!... Que se moría, y que, al abrir el testamento, se leía en letras muy gordas: “Lego toda mi fortuna a la encantadora señora de Helmer”.

CRISTINA: Pero, querida Nora, ¿qué viejo es ése?

NORA: ¡Dios mío!, ¿no comprendes, mujer? No hay tal viejo; es una idea que se me ocurría siempre qué no veía manera de adquirir dinero. En fin, ahora todo eso me es completamente indiferente. El viejo puede estar donde se le antoje, porque me tiene sin cuidado él y su testamento. (Se levanta con viveza). ¡Dios mío!, ¡qué gozo pensarlo! Poder estar tranquila, completamente tranquila, jugar con los niños, arreglar bien la casa, con gusto, ¡cómo a Torvaldo le gusta tenerla! ¡Luego vendrá la primavera y el hermoso cielo azul! Quizá podamos viajar entonces. ¡Volver a ver el mar! ¡Oh! ¡Qué felicidad vivir y estar contentos! (Llaman).

CRISTINA (Levantándose): Llaman. ¿Debo irme?

Casa de muñecas                                      henrik ibsen

NORA: No, quédate, no espero a nadie; probablemente será alguien que pregunta por Torvaldo. 




lunes, 14 de septiembre de 2020

UN REGALO PARA JULIA

 Análisis del cuento "Un regalo para Julia" de Francisco Massiani






Un regalo para Julia


Palabra que no era fácil. Casi todo el mundo regala discos y los pocos discos de moda son tres, cuatro. Julia iba a terminar con la casa llena de discos repetidos. Además tenía sólo veinte bolívares y así no se pueden comprar sino discos o chocolates o alguna inmundicia parecida. Yo nunca le regalaría un talco a Julia. Menos, un muñeco. Tiene una colección de muñecos desbaratados en el cuarto y lo de chocolates, menos, porque sé que Carlos se los comería todos. Carlos, tan perfectamente imbécil como siempre. Lo imagino clarito: oye Julia, dame un poquito.
Uno dice: le regalo un libro. Uno dice: le regalo cualquier cosa. Pero uno no podía regalarle cualquier cosa. ¿Con qué cara? Ayer, anteayer estaba con la cochinada de Carlos, que por cierto: fuaaa, fuaaa, y lo peor es que no tose y a mí en cambio se me salen las tripas. Fuaaa, botaba el humo, y fuaaa estiraba su pata y mataba una hormiga. Se comía un moco. Se estripaba un barro en la nariz, fuaaa, se rascaba la oreja, y después escupía el humo por los ojos, por la nariz, por la boca, por todos lados. Porque lo hace. Juro que sabe fumar. Es verdad. Fuma mejor que nadie. Y entonces te mira y dice: si llego a ser novio de Julia. Pero lo juré. Dije: por Dios santo que no se lo digo, y eso, ¿no?, así que nada, nada. No puedo decirlo. Pero en todo caso cuento que Carlos me dijo que si Julia llegaba a ser su novia, la metía en la bañera, la llenaba de jabón y le hacía esa porquería que juré que no se lo decía a nadie. Lo peor es [42] que yo vengo y salgo y voy a casa de Julia, porque algo tenía que hacer, ¿no?, y llega Julia y me dice así mismito:

-¿Qué vienes a hacer aquí? Quedé tieso. Después me dice: -Pasa.
Y pasé. Y después de que pasé me senté y ella puso un disco. Siempre que alguien llega a su casa pone un disco. Después te saluda, te mira, da tres pasos de última moda y después se echa en el sillón, tipo bandida de cine mexicano. Cine mexicano, cine mexicano... ajá:
-Oye -le digo-. Oye Julia, ¿qué tal te cae Carlos? 
-¿Carlos?
-Sí, Carlos.
-¿Por qué? -cogió una revista de mujeres y modas y eso. Yo me puse a darle tambor a la mesa. Creo que pasamos como un minuto así. Me dijo:
-¿Quieres Cocacola?
Yo no le respondí. Seguí tocando tambor en la mesa. No le respondí porque me molestó que se olvidara que le había hablado de Carlos, que se hiciera la loca con la pregunta que muy bien sabía que yo se la hacía por un montón de cosas que ella sabía muy bien que yo sabía. O sea eso. O sea nada, supongo que se entiende, ¿no? Bueno. Me vuelve a preguntar:
-¿Quieres Cocacola?
Y yo:
-Te pregunté por Carlos.
-No me acuerdo -dijo.
-Yo sí -le dije-. Y muy bien.
-Bueno. ¿Qué cosa? -dijo.
-Eso que tú sabes -te dije.
-Yo no sé nada, Juan -me dijo. Y cuando la miré estaba viendo la revista. 
-Bueno, Julia. -Yo tenía que hacer algo. Sabía que tenla que hacer algo-. Oye: imagínate que Carlos te regala el disco que estamos oyendo.
-¿Qué cosa?
-El disco.
-¿Qué disco?
-Nada -le dije.
Nunca lo entienden a uno. Yo seguí tocando el tambor y ella se levantó del sofá, dio un brinquito, se pasó la mano por el pelo y me preguntó:
-¿Qué dijiste de Carlos?
Nunca. Nunca entiende. Yo le dije que nada, que se sentara, y ella me sonrió y se sentó. Cuando se sentó, me sonrió. Cuando eso pasa, cuando me sonríe, entonces yo aprovecho para verle la boquita, esos dos gajitos de naranja, porque es así: tiene dos gajitos de naranja, y sé por ejemplo que el labio de arriba, cuando se separa del de abajo, parece que le diera miedo dejarlo solo, y entonces tiembla un poquito, no mucho, un poquito solamente y entonces se le acerca y lo acompaña un poco y entonces entre los dos gajitos sale como un juguito que le mancha un poco las arruguitas de los labios y entonces yo siento un marco y algo como un chicle entre las muelas y ella se me queda mirando y me dice:
-¿Qué te pasa?
Y despierto. Sé que nunca sería capaz de agarrarle la mano, nunca. Pero sabía, estaba convencido, como nunca, que tenía que hacer algo. Así que seguí tocando tambor a ver si me venía algo a la cabeza. Nada. Seguía tocando tambor. Nada. Seguía tocando y tambor y tambor y ella y tambor y nada. De repente ella me dice:
-Tengo un vestido para mañana que es una maravilla. Yo digo: 
-Qué bueno.
Y ella dice:
-Es algo que te deja desmayado. Y yo sigo:
-Qué bueno.
Y ella:
-Lo ves y te mueres. Es de locura.

Y yo seguía con el tambor. Eso lo cuento para que vean. Bueno. En eso pasó la hermana, después una de las sirvientas de las diez sirvientas que tienen en su casa y después, un rato después, vengo y le digo:
-Julia -ni sabía lo que iba a decir-, dime una cosa: si yo te regalara ese disco y Carlos el otro, ¿cuál pondrías más en el día?
Se me quedó mirando con mirada matemática de raíz cuadrada, y me dijo:
-Éste. El que estamos oyendo.
Yo entonces estiré las piernas, la miré, le eché una sonrisita y seguí tocando tambor, pero palabra que me costaba tocar tambor, porque lo que provocaba era salir gritando y llamar al cochinada de Carlos y decirle: mira Carlos, pendejo, nunca vas a hacerle esa cochinada porque Julia y yo, ¿no?, pero justo cuando se estaba acabando el disco me dijo:
-¿Qué fue lo que me preguntaste?
Palabra que no es mentira. Se lo repetí y ella me sonrió. Y me dijo:
-Qué salvaje eres.
Nunca la he entendido. Me imaginé que debía sonreírme y me sonreí. Después me dijo:
-Lo pondría todos los días si me gustaba.
-¿Qué cosa? -Yo comenzaba a olvidar todo el plan, todo lo que tenía en la cabeza se me reventó, ya nada,  juro que yo no entendía a nadie, que estaba loco, tan loco que dije:
-Julia. Quiero que mañana vayas a la fuente de soda de la esquina porque quiero darte un regalo especial.
Ella preguntando cosas hasta que por fin aceptó y a las tres y media era la cosa. O sea que a las tres y media nos íbamos a encontrar en la fuente de soda. Así fue que salió lo del regalo. Por eso lo conté.

Total que hoy vengo y cogí lo que me dio mamá y salí a la calle. Me metí en todos lados. Vi todas las vitrinas. Entré en todas las tiendas y ni sabía qué podía regalarle. Pero no soy tan imbécil: si le dije que el regalo era especial por nada del mundo le doy cualquier cosa. Eso era lo que pensaba cuando estaba mirando el conejo. Porque en una de ésas vi un conejo. Ustedes lo han visto. Está por ahí, en una de esas tiendas de Sabana Grande, y es un conejo blanco. Es un conejo más grande que un caballo y mueve las orejas y tiene los ojos rojos. Por cierto que me acordé del profesor Jaime, porque el profesor Jaime tenía siempre los ojos rojos. Por cierto que el profesor Jaime era un gran tipo, y cada vez que me acuerdo de él tengo una vaina con Carlos. Porque sé que Carlos es el cochinada típico que le pone tachuelas a profesores como el señor Jaime. Cuando estaba mirando el conejo, me juré que si alguna vez Carlos tocaba el oso de mi hermanita, que también tiene los ojos rojos, lo agarraba por las patas, lo batía contra el árbol y lo volvía una cochinada. Porque es lo que merece. Juro que si alguna vez Carlos se burla del oso, lo machaco, lo aplasto, le martillo los dedos y lo reviento. Eso es lo que merece. Total que estaba viendo el conejo y ¡ah! nada: un pollo, Dios mío, ¿cómo no se me había ocurrido? Un pollito, chiquito, metido en una caja, y ella mirando el pollo, y jugando [46] con su pollo todos los días, y dándole de comer, y así tú puedes preguntarle por el pollo y tienes algo de qué hablar y es algo especial, es un regalo único, anda, apúrate, y salí disparado a Canilandia. Creo que se llama así: Canilandia. Y está en una callecita que se mete de Sabana Grande a la avenida Casanova. Bueno. Y entré y el señor me regaló el pollo. Ni siquiera aceptó que yo se lo comprara. Bueno.

Me fui a la fuente de soda. Cuando llegué pedí una merengada. Eso fue lo que pedí. Y ahí estuve. ¡Ajo! Estaba cansado. Hay que ver, corriendo, el sol, el pollo, y lo peor es que no podía correr mucho. Pero ahí estaba.
Bueno. Pedí una merengada de chocolate. Ya van a ver. Pido la merengada. Es para quedarse en casa. Francamente: pido la merengada y el imbécil del mozo viene y se queda mirando a la caja. Claro que la caja se movía, ¿no?, pero por eso no tenía que poner cara de imbécil y quedarse mirando y mirando y decirme, porque me lo dijo:
-¿Y eso?
Tuve que decírselo:
-Un regalo.
-¿Un regalo? -se sonreía con los dientes puercamente llenos de oro. -Un regalo.
-¿Y por qué se mueve?
-Porque adentro hay un pollo -digo.
-Ah, ¿sí? ¿Un pollo?
-Sí. Eso. Un pollo.
-Qué bien -dijo el tipo. Que si qué bien. Qué tipo, francamente.
Bueno. La verdad es que no sé por qué cuento lo del mozo. Lo que sí es que ya estaba poniéndome nervioso porque Julia no llegaba y eran más de las tres y media. [47] Ya como a las cuatro, dejé la caja con la copa encima y llamé a casa de Julia. Como estaba pendiente de la caja, o sea, pensando en que a lo mejor el pollo se ponía histérico y pateaba y se armaba el relajo, estuve como media hora sin responderle a la mamá. La mamá:
-¿Aló? ¿aló? ¿aló? ¿aló?
Bueno. Por fin le pregunté por Julia. -No está, Juan -me dijo-. ¿Eres tú, no? -Sí. Soy yo, señora.
-Ayer vi a tu mamá. ¿Cómo estás? -Ah, bueno...

-Me dijo que no estudiabas casi nada.
-Un poco.
-Tienes que estudiar.
-Sí, señora -palabra que eso era lo que me decía. No miento. Siguió así: -...y portarte muy bien, mira que ya eres un hombrecito.
-Sí, señora.
-Bueno. Tú vienes al cumpleaños, ¿no?
-Sí, señora.
-Julia está como loca... ya no sabe qué hacer. Bueno, Juan. Saludos por tu casa. -Gracias, señora.
-Adiós.
-Adiós, señora.
¿Ven? Y la caja y la copa y el mozo y Julia no llega y la vieja: es para volverse loco. Palabra. Estuve apunto de tirar el teléfono. Y lo peor es que no he terminado: apenas me siento se me acerca de nuevo el mozo. ¡Qué tipo más imbécil! Me dice:
-¿Y para quién es el regalo?
Juré que si me seguía haciendo preguntas que a ti no te importan te tiro la copa desgraciado. Eso es lo que pensaba. Y dale con el regalo. Menos mal que alguien [48] lo llamó. Ya yo estaba realmente harto. Dale con la caja, el pollo, la vieja. «Ayer vi a tu mamá en el mercado» y que si «tienes que estudiar porque eres un hombrecito, Julia está como loca». Francamente. Y nada que llegaba la desgraciada. ¿Por qué la gente tiene que preguntar tanto? En serio: ¿para qué vienen y te preguntan que por qué tu mamá usa anteojos? ¿Ah? Palabrita que si alguien pregunta que por qué mi mamá usa anteojos le nombro la madre. Palabrita. Sinceramente le digo así mismo: mire desgraciado, señor, ¿qué pasa? ¿Qué le pica? ¿Nunca ha visto un pollo? ¿Nunca ha visto una señora con anteojos? ¿Ah? Dígame esa gente que viene y te dice: ¿Qué hay? O te dicen: ¿Qué has hecho? ¿Pero qué carajo les importa? ¿Ah?
Bueno. Por fin Julia llegó. Era tardísimo. La vi bajarse de su impresionante Buick negro, con su vestido de pepas, y meneándose, para todos los tipos que estaban en la fuente de soda. Julia no puede dejar de menearse y mirar a todos los tipos. Por mí que se iría con el primer tipo que le dijera: «Oye tú, mira...». Seguro. Lo único que le importa a esa carajita es menearse y poder menearle los ojos a todos los degenerados que la miran. A veces comprendo un poco por qué a la cochinada de Carlos se le ocurrió eso que me dijo y que yo no puedo contar porque juré por Dios santo que no se lo decía a nadie. Pero bueno. Llega, se sienta, se monta el vestido hasta las pantaletas, se bota el pelo para atrás, se pasa la mano por el cuello, y después que me volvió porquería, se quedó mirando la caja vacía y me dijo:
-Ajjj Dios mío, me estoy muriendo de sed.
Se me olvidó decir que justo en el momento en que la vi salir de su maldito Buick, justo en ese momento, me dio una vaina y en un segundo abrí la caja, agarré al pobre pollo, y lo escondí en el bolsillo de la chaqueta. 
Me salió con que si:
-¿Llevas mucho tiempo aquí?
-No. Acabo de llegar -le dije.
-¿Qué calor, verdad?
-Sí. Espantoso -dije.
-No lo aguanto -dijo ella-. Puf, me muero.
Y para colmo me di cuenta que el tipo de la corbatica negra nos estaba espiando. Apenas llegó Julia me di cuenta que paró las orejas y hacía lo posible por acercarse y vamos a ver qué oímos y qué pasará con el pollo. Francamente. Deben volverse imbéciles. Que si la mesa uno un perro caliente, la mesa cuatro una hamburguesa sin tomate y otra con tomate, la mesa ocho una merengada de chocolate y una Cocacola, y la mesa dos un café negro y otro marroncito pero sin mucho café y la mesa tres un helado de mantequilla y la mesa nueve... Claro: nosotros ahí, así se divertía. No sé si se han dado cuenta la cara de loquitos tristes que tienen todos. Y además de la tristeza de loquitos llevan una corbatica de lazo. Pobrecitos. No le metía la nariz en las piernas de Julia porque no podía, y claro, porque Julia, justo cuando el pobre desgraciado la miraba, cerraba un poco las rodillas, la maldita botaba el aire, se sobaba la rodilla, y después te miraba como para que no te pusieras a llorar ahí mismo. Después que se subió más de lo que tenía subido el vestido, vino, y con su vocesita de pito, levantó un dedito y llamó al mozo. Inmediatamente pensé que el pendejo del mozo llegaba y le contaba lo del pollo. Y lo peor es que con lo del pollo, tenía que mantener el brazo en una sola posición, así, con la mano en el bolsillo, sin dejar que el pollo chillara, tapándole la jeta con los dedos, y ya sentía el brazo calambreado. Además estaba comenzando a sudar por todas partes. Era horrible. No exagero. Bueno. 
El mozo llega y se para delante de Julia: -¿Desea algo, señorita?
-Sí. Por favor...
-Dígame.
-¿Tiene Cocacola?
El tipo le dice:
-Pepsicola -y aprovecha para mirarle todo. -¿Pepsicola?
-Pepsicola -se hizo el loco y le miró las rodillas. Julia seguía con el dedo en el aire y se soplaba un mechón de pelo que te caía sobre la nariz. Por fin parece que Julia se dio cuenta que estaba pidiéndole algo al mozo y le dijo:
-¿Tiene Orange?
-No. No hay.
-¿Qué tienen?
El mozo como que ya estaba arrecho: -Colita, Pepsicola, Hit, Sevenup y Grin. -¿Tienen Grin?
-Sí.
-Bueno. Entonces una merengada de chocolate.
-¿De chocolate?
-No. Bueno. Tráigame una Grin.
El mozo estaba loco:
-¿Entonces Grin?
-Perdone -dijo Julia y se rió mirándome-, tráigame un helado de chocolate.
El mozo ni siquiera la miró. Salió disparado. Pobrecito. Y a todas éstas al maldito pollo como que le dio taquicardia porque comenzó a temblar y patalear y no sé que diablos tenía. De golpe le abrí la jeta y el desgraciado chilló. Julia me miró y me dijo:
-¿Oíste? -No -dije.
-Como un pito. 
-Un niñito -dije.
-Fue raro -siguió Julia.
-Sí. A veces pasa.
-Mamá dice que oye todo el día una avispa en la oreja. -Qué raro.
-Sí.
Por fin miró la caja, que estaba vacía, y me preguntó: -¿Ése es el regalo?
Yo estaba esperando desde el principio la pregunta. Por fin. Sí, pero no sabía qué diablos podía decirle, ¿no? ¿Qué se puede decir si a uno le pasa una cosa de ésas? ¿Qué dice uno? Uno no sabe qué decir. Y yo dije que no. Que ése no era el regalo.
-¿Dónde está?
«¿Dónde está? ¿Dónde está?» ¡Qué pregunta!
-Me pasó algo, Julia.
-¿Qué cosa? ¿Se te quedó en tu casa?
-Fue un problema -le dije.
-¿Te caíste? ¿Y esa caja?
-Sí. Me caí. Se rompió. Ésa es la caja.
-Qué lástima -dijo. Y justo oí que el pollo eructaba o algo así. No sé qué le pasaba al bicho. Como que estaba ahogado. -¿Dónde te caíste?
-En una escalera -le dije.
-Palabra que lo siento, Juan -dijo.
-No importa.
-Por supuesto que importa -me dijo. Y aprovechó para agarrarme la mano. Yo sudé. Después me sonrió, cambió las piernas para que todo el mundo le mirara las pantaletas y me dijo:
-¿Te vienes conmigo?
-No, gracias Julia. 
En eso fue que llegó el mozo. O bueno. Llegó antes o después de que se subió el vestido. El tipo traía una Cocacola. La puso, después pasó el pañito por una orilla de la mesa y se perdió. Julia me preguntó:
-¿No fue un helado de chocolate lo que le pedí?
-No sé -le dije. Y sí sabía.
-Ah no... es verdad -dijo-. Ahora me acuerdo que pedí una Cocacola... Cogió el pitillo, lo metió en la Cocacola y echó una chupadita. Después se paso la lengua por la boca, se limpió la manchita de Cocacola que tenía en los labios, y se me quedó mirando sonreída. Inmediatamente comencé a sentirme como perdido. Como levantado del suelo. Lejos y al mismo tiempo muy cerca, tanto, que podía contarle los lunares que tiene en la nariz, esos punticos como marroncitos, como rosados que tiene juntados en la nariz, y mientras más la miraba, ella más se sonreía y yo volaba más lejos de ella, con la sonrisa, sin ella, con la sonrisa sola, flotando en el aire, con su sonrisa de espuma roja, y después que había volado con la sonrisa, la sonrisa regresaba a su cara, le cubría toda su cara y yo me daba cuenta que estaba ahí, frente a ella, y me entraba en el vientre un miedito dulce. Era un miedito como cuando vamos en un auto y de golpe el auto llega a una subida, y cae, y a ti te entra algo, se te abre algo en la barriga, y se te llena la barriga de ese miedo dulce que después sientes que se te escapa y te lo deja como vacío, como con un hambre raro.
-Juan -decía-. Oye, Juan...
-Ni siquiera me di cuenta que tenía el pollo en el bolsillo, palabra, No me daba cuenta de nada. Para colmo ella me decía Juan, así, suavecito, Juan, como soplando el nombre, como soplándolo con el aliento, y apenas me llegaba el nombre, apenas lo oía, y volvía [53] a entrarme esa vaina y me quedaba más perdido y más mareado que antes.
-Juan -me dijo-. Oye. ¿Qué te pasa? -Nada -le dije.
-Oye. Tienes una cara...
Cuando me preguntó eso sentí el calambreo en el brazo y comencé a asustarme y de verdad verdad me comencé a sentir mal.
-No, Julia -dije-. No me pasa nada.
-Me pareció que te sentías mal -me dijo ella.
El pollo volvió como a pitar y le tapé el pico, la cabeza y todo lo que pude taparle, desgraciado si sigues te ahogo, cállate, y Julia:
-¿Seguro que no te sientes mal, Juan?
Dale con lo mismo:
-¿Segurito, Juan? ¿Seguro que no te sientes mal? -No, Julia. No. Palabra.
-¿Segurito?
-No, Julia.
-¿Pero seguro que no? No sé, tienes una cara...
-Palabra, te lo juro.
-¿Pero palabra, Juan? ¿No quieres ir al baño, Juan?
No le tiré el pollo porque francamente. Casi se lo estripo en la cara. Y lo peor es que siguió. Ya van a ver:
-Por mí -me decía la desgraciada-. Por mí puedes ir al baño. -Pero bueno, Julia. Si no quiero ir al baño ¿para qué voy a ir? -Pero no te dé pena. Anda.
-Julia. Deja la cosa del baño. No tengo ganas.
-No sé, Juan. Estás sudando y tienes una cara, yo sé, te conozco, eres capaz... -¿Capaz...?
-Capaz de aguantarte por mí.
Eso era lo último. 
-¿Aguantar qué?
-Aguantarte. Yo lo sé.
-Bueno, Julia. No me estoy aguantando. Te juro que no.
Por fin como que dejó la cosa y, siguió tomando su maldita Cocacola.
La odiaba. Juro que la odiaba como nunca. Hasta pensé en lo que me dijo Carlos y me pareció que Carlos no era tan inmundicia como yo lo había pensado. Me pareció que Carlos tenía razón en pensar en esas inmundicias, y le rogué que lo hiciera, que le hiciera inmundicias más asquerosas todavía. Me provocaba matarla. Cuando terminó su Cocacola y dio los últimos chupitos me dijo:
-Bueno, Juanito. Te espero en casa. No faltes -me lo dijo con lástima. Después miró la caja vacía. Y después se levantó, me echó una sonrisita de «no sufras tanto que la vida no es tan mala» y se fue meneando el culo hasta su impresionante y asquerosísimo Buick negro. Ahí abrió la puerta, levantó las patas para que yo me derritiera con sus pantaletas, y después levantó su dedito y el maldito carro se perdió de vista en la esquina.
¡Dios mío! ¿Por qué pasan esas cosas? Apenas se fue, vuelve el mozo. Tenía que volver. No podía quedarse quieto. Tenía que volver, llegar con cara de melón y preguntarme con su vocecita de marica dulce:
-¿Le dio miedo dárselo?
¿Por qué todo, por qué me pasa, por qué? ¿Por qué nunca podré, por qué jamás he podido...? ¡Dios mío! Me sentía tan mal...
Metí la cabeza entre los brazos y por fin oí que el mozo se alejaba hacia otra mesa.
Entonces oí las risas. Apenas levanté la cara, vi que el mozo se reía junto a un gordo, y los dos me miraban. [55] Se reían, hablaban un poco y volvían a soltar la carcajada. Yo comencé a sentirme rojo hirviendo, vi que no aguantaba más y que ese rojo hirviendo era cada vez más caliente y me quemaba más la garganta y los ojos y aflojé todo y entonces todo se me fue por los ojos y ya nada me importó entonces, lo juro, ya nada me importaba.
Cuando terminé de llorar, saqué al pobre pollo del bolsillo y me le quedé mirando: estaba tranquilito. Estaba como dormido. Me gustó pasarle la mano por su cabecita, por su cuerpo, y era tibio y bueno, y pensé que nos parecíamos los dos, él y yo, y estaba muy tibio y seguía como dormido. Estaba tan tranquilo que comencé a sentir algo espantoso. Entonces me dio frío y todo asustado lo dejé caer en el suelo.
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ASSESSMENT

Complete el esquema para realizar un comentario literario breve sobre el cuento